La fábula de la homigarra

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LA FÁBULA DE LA HORMIGARRA
Dedicada a mi amigo Tori, inspirador de este cuento 🙂
por Juan Navidad

Hace muchos muchos años, las personas contaban una historia increíble, de la que hasta hoy no conocíamos el final. A nosotros había llegado un cuento incompleto, al que faltaba lo mejor, el final increíble, mágico y sugerente. Alguien había añadido incluso una sentencia final a ese fragmento de cuento, una moraleja terrible que ahora vamos a revisar.

Todo el mundo conoce la fábula de la hormiga y la cigarra, que cuenta cómo, mientras miles de hormigas trabajaban, llenando su hormiguero, la cigarra pasaba todo el verano cantando y cantando. Llegó el invierno y con él el frío y la escasez de alimento. Las hormigas se retiraron al hormiguero, donde tenían las despensas llenas de grano. La cigarra, mientras tanto, estaba en una cueva, pasando calamidades, sin abrigo ni alimento.

Pero lo que no sabíamos era el verdadero final de esta historia, que acaba de aparecer en un manuscrito. La cigarra, en vez de callar su canto, siguió dedicando tiempo a su pasión favorita y el motor de su vida. En el hormiguero no sufrían los rigores del verano. Una vez por semana enviaban a un obrero a dar un paseo por las inmediaciones, una especie de ronda de vigilancia, ya que incluso en invierno tenían que trabajar.

La segunda semana, no muy lejos del hormiguero, se oía un canto alegre, que venía de dentro de un hueco en las rocas. Bajó para conocer quién se dedicaba a crear aquella melodía. Cuando vió a la cigarra, la reconoció de los meses de verano, cuando se encontraban en los campos. Él siempre cargado y con prisas. Se saludaron y la cigarra le preguntó por qué estaba tan triste y juntos hablaron de sus sueños y proyectos. Él pedía a la cigarra que le cantase más canciones y a cambio ella recibía una bolsita de alimento. Muchas otras personas hacían lo mismo: calentar su alma a cambio de un poco de comida. Así, con ese intercambio, el rostro de la hormiga se fue alegrando y pronto en el hormiguero notaron su cambio y descubrieron que estaba enamorándose de su amiga la cigarra.

En primavera decidieron iniciar una nueva vida juntos. Los dos alternaban sus actividades: trabajaban compartiendo sus tareas y los dos cantaban, escribían, pintaban y descubrían el mundo viajando y con nuevas actividades creativas.

Pocos meses después tuvieron una hormigarra que aprendió muy bien de su padre y de su madre que es posible dedicarse a lo que nos gusta más, ya que no por ello nos vamos a morir de frío ni de hambre. La vida es preciosa y mucho más si sabemos disfrutarla y crecemos cada día…

Epílogo: el viernes pasado, en la Plaza de Santa Ana en Madrid, vi a un joven faquir que hace maravillas con el fuego y le escuché decir después a la gente que a él le encanta su trabajo, que se podía vivir de ello y animaba a una señora que tenía un hijo malabarista a que luchara por sus sueños. También le quiero dedicar este cuento a este fakir hormigarra de la Plaza de Santa Ana, como premio por trabajar duro disfrutando por perseguir sus sueños 😉

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