La Naturaleza no tiene parangón

Estas palabras las escribo para dar a conocer cómo es mi relación con ese ente superior que muchas personas dicen que existe y que es el supremo creador y hacedor de todo. No tengo mucho tiempo de disquisiciones ni de intercambiar opiniones sobre este tema que da para muchas conversaciones, tesis doctorales e incluso congresos internacionales y probablemente no se llegaría a ningún acuerdo.

Con mis amistades que creen en esos entes supremos no puedo hablar normalmente porque estas personas han sido aleccionadas desde la infancia para tener una verdad absoluta e indudable e inquebrantable, para mirar al resto del mundo como al “otro”. El diálogo es muy complicado, porque solo escuchan lo que van a decir y solo quieren convencerte. Es como tratar de dialogar con un vendedor que trabaja a comisión, para esa persona no hay filosofía, conocimiento, información o poesía en la vida sino solo la expectativa de convencerte y venderte sus productos o servicios. Quizás por eso, desde niño me he alejado de esa forma de pensar, porque no deja dudar, porque limita la posibilidad de reflexionar, de crecer o de avanzar y que pienso que a muchas personas las avoca a la intolerancia e incluso a una vida pobre.

Mi pensamiento es y está mucho más libre. Se basa en la experiencia y en mi caso es una experiencia que de todos los miles de personas que he conocido en muchos países estoy seguro de que muy pocas han llegado a adquirir. Es un conocimiento mucho más rico que la mera aceptación de unas creencias que nos vienen dadas para que las aprehendamos. El mío es un proceso vital de empatía absoluta, que crece cada día, podemos aprender o dejar de hacerlo un día, pero siempre crecemos, podemos dudar, olvidar y siempre observamos y tenemos pruebas tangibles, no mitos ni sospechas ni entes invisibles.

Toda mi vida ha girado en torno a la Naturaleza. Nací en una aldea de un pueblo, donde viví los primeros cinco años y volví muchas veces a tantos ecosistemas distintos. Parece ser que los días antes de mi nacimiento, mi madre sembraba usando una gran azada las patatas de la temporada y mi padre observaba -como siempre- sin ayudarla fumando un puro. Imagino esos sonidos al atardecer, ese arroyo cercano, las aves recogiéndose antes de la oscuridad plena, en su frecuente huída atemorizada, como cada tarde. Todas las sensaciones, conocimientos, pensamientos, todo ese encaje perfecto de mi vida con el entorno no lo pueden vivir en absoluto todas esas personas que han vivido toda la vida en una ciudad. No se suple cuando se encuentran de pronto con un ave o una ardilla en un parque ni cuando pasan un día o quince o mil días en el campo. Porque no son viajeros sino turistas.  Es como comparar lo que sentimos en un campo de golf atestado de gente o en la soledad en un bosque en el medio de la noche.

Bromeaban el otro día dos amigas que decían que compartían un mismo amante. Se referían a uno de esos entes superiores y casi caían en una burla simpática. Pero lo curioso es que lo que ellas hacen, como tantas otras personas es algo tan carente, tan vacío, tan escaso que si lo comparásemos a lo que sienten, -lo que sentimos- quienes somos y hemos conseguido ser uña y carne con la Naturaleza se sorprenderían. No pueden hacerlo, su mente y su vida fueron secuestradas para siempre y no pueden dudar ni poner su mente en blanco y empezar de nuevo porque han sido programadas para no hacerlo jamás. Pero por un casual si comenzasen este camino que yo comencé en mi infancia y llegaran hasta aquí, tendrían sensaciones mucho mayores, amores más puros, un encaje perfecto e infinito con lo que nos une a este planeta, una caricia del viento que nos diría que por fin, sin miedos ni culpabilidades ni condicionamientos ni enemigos, hemos aprendido a vivir.

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