Tiempo trabajado, tiempo cotizado y una lección

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Hace muchos años, cuando comenzaba en el mundo del atletismo empujado y animado por mi compañero y extraordinario atleta Txomin Martín, yo era un adolescente con mucho coraje y ganas de avanzar. Tuvo lugar una de mis primeras carreras con un club al que me integré en un pueblo vecino. Fue muy especial por lo que sucedió. En aquel tiempo, a finales de los 80, Martín Fiz no era esa persona que después sería rodeado por decenas de deportistas -que hoy se hacen llamar runners– que al día siguiente decían en la fábrica o en la oficina que entrenaban con él, sino que era un joven que había sido sorprendido por el cierre del equipo de atletismo del Fútbol Club Barcelona y había sido fichado por el mismo equipo en el que yo era un cadete 17 años y él era senior: el Hércules-Hispano Zornotza.

En esa carrera, invernal de campo a través en Usánsolo, Galdakao, en Vizcaya, el día de San Andrés, mis compañeros y yo estábamos a punto de tomar la salida. Nos poníamos en ese preciso instante el calzado de clavos tras el calentamiento y los estiramientos. La megafonía avisaba justamente que quedaban 5 minutos para el comienzo de nuestra prueba y antes de terminar el aviso, de pronto sonó el disparo de salida. Era nuestra carrera. El resto de mis compañeros tenían las zapatillas de clavos. Yo tenía puesta una zapatilla con clavos (los más largos de dos centímetros) y la otra zapatilla no llevaba clavos. Pero salí corriendo igualmente. Fue algo terrible lo mío, como correr con una chancla en un pie un zapato de tacón de aguja en el otro y no digo andar sino correr, con un barro impresionante y profundo en unas zonas y piedras y nada de barro en otras. Terminé la carrera y no fui el último. Fue una lección más de coraje y de ganas. Había que terminar aquella carrera.

Espero que quienes me lean no se asusten demasiado, no me estoy volviendo excesivamente melancólico en estos temas más recientes en el blog. Hace poco hablaba de que este año se cumplen venticinco años de intensa actividad cultural y ahora me saco de la chistera una historia de la adolescencia. Este sirve de ejemplo para lo que voy a contar desde ahora.

La vida se parece mucho a esa carrera de campo a través: algunas personas la toman con sus zapatillas bien puestas y en primera fila y otras tienen serias dificultades, no solo porque no salen desde la salida sino que su calzado impide su avance. Es decir, todas las personas no tenemos siempre las mismas oportunidades y herramientas para avanzar. Por eso, los logros de unas personas en realidad valen mucho más porque han tenido que hacer milagros para cumplir esos objetivos.

Otro ejemplo que quiero mostrar tiene que ver el recorrido profesional de una persona. Hay una notable diferencia entre los años que una persona ha trabajado y los que ha cotizado. En unos días, cumplo 19 años cotizados a la Seguridad Social. Parecen muchos (tengo 46), pero la realidad es muy distinta. Mis primeros trabajos fueron en el monte cortando pinos con 14 años, -sin contrato-, luego en infinidad de bares, discotecas, cafeterías, de camarero -sin contrato casi siempre-, de peón de albañil, -sin contrato-. También ha habido trabajos informales en academias, centros escolares, clases particulares, traducciones -sin contrato-, o trabajos con contrato a media jornada cuando en realidad trabajaba a jornada completa. En todos los casos, me hubiera encantado que hubiera un contrato pero no tenerlo era un requisito a la hora de trabajar: o aceptaba las condiciones o no había empleo. He estado desde esos 14 años los 32 años restantes siempre ocupado, sin parar nunca, pero oficialmente solo cuentan pocos más de la mitad.

Así, como yo, se ha debatido y lo sigue haciendo tanta gente a diario en tantos países y en el mundo que me duelen los oídos cuando oigo gente hablar de las igualdades de oportunidades de los países democráticos y me río también de esa palabra: ¿democráticos? Vivimos en un mundo de mentira en el que nos confunden con términos que no se corresponden con la realidad.

En fin, voy terminando esta reflexión. Como sabéis quienes me conocéis, yo no me rindo ni lo he hecho nunca y a pesar de todos los aprendizajes por los que he tenido que pasar, sigo creciendo cada día y creo que las personas podemos progresar, tener una vida creativa, viajar, innovar y mucho más. Y no solo lo digo sino que parece ser que mi vida es una prueba de que se puede salir adelante aunque nunca esté todo dicho y quede tanto y tanto por hacer… Me sigue haciendo mucha gracia que en España los cursos de innovación y de emprendimiento los siguen impartiendo personas (muchas veces profesorado o funcionarios/as) que ni han emprendido nunca ni saben lo que es sacar adelante ni por un mes un proyecto. ¿Será por eso que seguimos a la cola del mundo en ambos asuntos?

Saludos afectuosos desde Nueva York…

Contacto: juannavidadNYC@gmail.com

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