Noche afilada en León

Mi amigo y yo nos paramos a hablar. Entoces vimos al chico, un joven de unos 18 años. Por los rasgos podría ser ecuatoriano o peruano. Se le acercaron aquellos dos tipos y le dijeron que había robado tres carteras. El pobre joven no sabía qué decir, titubeaba y parecía nervioso. Le dijeron que eran policías y que lo llevaban detenido. Pero por el aspecto y maneras, estaba claro que no eran policías.

Mi amigo me miraba y tuvimos rápidas conversaciones con esas miradas. No perdíamos de vista al chico, nos temíamos lo peor. Entonces nos dijeron que nos fuéramos. Nos quedamos, a menos de dos metros. Hubo personas que se acercaron y preguntaron que pasaba. Yo les decía: “quieren detener a este chico y no son policías”. Tras voces y amenazas, espantaban a la gente que quería ayudar.

Después dejaron caer una cartera que llevaban en una chaqueta de cuero y se la dieron al chico, que no sabía nada ni de aquella prenda ni de la cartera. Se lo llevaban y entonces fuimos detrás. Nos amenazaron con rajarnos, se echaban mano al bolsillo y sacaban algo un poco para que lo viuéramos y nos insultaban para que nos fuéramos.

Incoscientemente yo repetía las mismas frases una y otra vez: “no sois policías”, “No podéis detener ni llevaros al chico”. “Lo que estáis haciendo es un delito”. Así una y otra vez como un mantra.

El bajito huesudo se acercó y me amenazó con darme una hostia, como él decía; yo simplemente lo esquivaba y le decía que íbamos a casa por la misma calle. El más alto me decía que le estaba insultando y que me iba a rajar y se echaba mano del bolsillo donde, supuestamente tenía una navaja que no terminaba de sacar. Ante estos movimientos, yo me alejaba tres metros, porque todo podía pasar en aquella situación.

No lo vi, pero el chico parece que se fue y en ese momento se vino el más bajito corriendo braceando como los molinos de El Quijote que me iba a dar una paliza. Cuando estuvo a mi altura, yo le empujaba y no llegaba a darme sus puñetazos. Lo intentó sin éxito seis o siete veces. Aquello parecía de chiste, si no fuera por que podría acabar mal. El alto se me acercó por la espalda y me empujó y fue cuando el otro pudo por fin darme un puñetazo rozándome el labio. Me lo quité de encima, no podía acercarse. El grande me tiró al suelo y yo le agarré de los brazos, para evitar que sacar su navaja.

Mi amigo había llamado a la policía que tardaba en venir y gritaba ante la pasividad de la gente de los bares. Tres chicos me miraba desde arriba en ese momento, cuando yo seguía en el suelo. Les pedí que agarrasen al bajito huesudo, que la policía estaba de camino, pero los pobres titubeaban.  Seguía con mi mantra y pude levantarme cuando insistí al alto que yo no había hecho nada y que ellos no eran policías y que todo aquello era un delito. Uno de los tres chicos me dio las gafas, que se habían roto y estaban deformadas.

En una calle cercana, llegaron tres vehículos de la Policía Nacional. Describí a los dos tipos y, mientras me tomaban los datos para levantar acta en el atestado, oyeron por la radio que los habían detenido. Habían tirado lachaqueta, que aparecería después. Se la habían robado a un portugués, junto con la cartera. Mi amigo llegó y nos fuimos al ambulatorio. No tenía gran cosa, sólo el golpe en el labio que apenas había sangrado y un roce en la oreja, puede que contra el suelo.

En la comisaría estaban con uno de ellos, acababa de salir de la cárcel. Me dijeron que era extremadamente peligroso. Lo soltaron y se fue al mismo ambulatorio cercano porque iba a denunciar a la policía, según él, por maltrato.

Mi amigo y yo volvimos a la zona, por la que estarían tan tranquilos los dos individuos en aquellos momentos. Nos separamos y me hizo una llamada perdida al móvil cuando llegó a casa y yo hice lo mismo y añadí un agradecimiento por todo.

Llevaba tiempo con una inquietud: que me pasara algo así, que mi vida pendiera de un navajazo. Espero que fuera sólo el aviso de esta situación y que todo quede en un susto. Pero pienso en el chico andino y, sinceramente, no podía dejar que, en pleno siglo XXI y en un país que se dice civilizado, pudieran hacerle daño.

NOTA AÑADIDA:

Mi amigo Ramiro, que también fue víctima de este episodio tan triste, me pidió que añada más datos. Deciros a quienes os habéis preocupado, que no ha tenido trascendencia todo esto, mi psicología y la de mi amigo están a prueba de obstáculos 😛

“Te falta indicar que la policía nos dijo que nos libramos de una buena, que aquel señor que nos agredió había salido de la cárcel después de 10 años en ella y que robó a un portugués la cartera y la cazadora a punta de navaja. La vida es frágil, pero hay que acariciarla cada instante. Y por la mañana sonreirías más al ver la calle, al mirarte al espejo.” (Ramiro Pinto)

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