La creación cultural y el café -cuento-

Había un país donde se tomaba muy buen café. “Es el mejor del mundo”. Todos sus ciudadanos lo decían. Sabían que venía del otro extremo del país, de una planta exótica y después era molido, envasado en pequeñas cápsulas y la gente se lo tomaba utilizando unas máquinas que transformaban cada cápsula en un café riquísimo que podía ser solo, con leche, lette maquiatto, capuchino… Incluso había infusiones y hasta el chocolate que tanto gusta a los niños y niñas.

Todo el mundo era muy feliz hasta que llegó a aquellas tierras un viajero que seguía los caminos de la Historia. Llegó a la ciudad principal y no tardaron en hablarle del maravilloso café. En un bar donde también utilizaban este tipo de máquinas de cápsulas le invitaron a uno. “Está muy rico, es verdad”. No tardó en devolver la invitación a quienes le habían invitado. Cuando fue a pagar, descubrió que era 10 veces más caro que el que tomaba en su tierra, un país cercano. Se extrañó, pero no le quiso dar importancia.

Tanto le gustó ese lugar que decidió ir a vivir a uno de sus pueblos. Se compró una pequeña casita y decidió montar un negocio: se dedicaría a vender café en paquetes de kilo y a regalar unas cafeteras de metal. Al principio, todo el mundo desconfió. Pensaron que sería café de baja calidad, en mal estado o resultado de un robo. Para corresponder su amabilidad, invitó a café a todo el mundo que pasaba. Fueron quitándose sus reticencias y vieron que no estaba mal. A lo que no estaban tan dispuestos era a hacerlo con esas cafeteras diabólicas que había que poner sobre un fuego, como si fuera comida.

Por fin un día una señora decidió comprarle un kilo -mucho más barato que las cápsulas-, y se llevó como regalo una de las cafeteras. Preparó café para toda la familia y se acercaron también muchos vecinos y fueron unánimes: era un café muy rico a pesar de tener un precio tan barato.

Fueron todos a hablar con el joven viajero. Le preguntaron dónde estaba la trampa, si contenía alguna droga, si lo había robado, de dónde provenía el café, etc. Él respondió que era de su país, un café cultivado y recolectado con el mismo cariño y esmero. Pero, después, dijo que no se vendía en cápsulas, sino en kilos e incluso en sacos grandes.

Desde ese día la nueva tienda no tardó en tener gran éxito de ventas. Casi cada día llegaba un gran carro lleno de sacos y también seguía regalando cientos de cafeteras de metal.

Los vendedores de café en cápsulas decidieron tomar medidas. Hablaron con  las familias que cultivaban el café. Eran muy pobres, pero cuando se enteraron de que sus trabajos peligraban, fueron convencidos sin problemas de que fueran a la nueva tienda y le prendieran fuego. Corrieron tras el viajero, que tuvo que huir para no resultar linchado. Continuaron su marcha hasta la capital y quisieron hablar con el Presidente, que estaba de viaje. Pero se llevaron la promesa de nuevas leyes que prohibieran la venta de café que no fuera por cápsulas y nunca más barato que el precio fijado por los vendedores de café envasado en cápsulas. Fue una noche feliz para todos esos distribuidores y vendedores de café, celebraron fiestas y gastaron mucho dinero que no los dolió porque eran muy ricos.

Esa noche los caminos que llevaban a la capital eran testigos de aquella alegría mientras se alejaban los pobres que cultivaban el café, flacos, tristes y con apenas unos harapos para resguardarse del frío y la lluvia. Desde detrás de un arbusto, el viajero contemplaba con pena aquellas personas y se lamentaba de la ignorancia de aquella tierra tan bella, pero al mismo tiempo, tan injusta…

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