El otoño desde Villa Paquita

Quienes me conocéis, sabéis que llegué a Béjar, este pueblo al sur de Salamanca, un mes de septiembre, hace ahora ocho años. Venía a un Encuentro de Escritores que organizaba Gonzalo Santonja y Luis Felipe Comendador, pero, curiosamente, nada más llegar tras un viaje terrible y peculiar desde Alicante, mi antigua ciudad, estuve malo en el hostal casi todo el tiempo que duró ese encuentro y apenas pude ir a una de las ponencias. Pude conocer los paisajes de la zona y Candelario y me gustó tanto todo, que decidí que este sería mi domicilio y en enero de 2003 ya estaba aquí, empezando de cero, con muchas ganas de hacer cosas.

El otoño se muestra en frente de mi casa Vista desde mi casa, Villa Paquita

 He aprendido muchísimo en estos años. Por ejemplo, a ser global, a que mi empresa no tenga fronteras y, viviendo en un lugar tan privilegiado como este, trabajar para aquellas personas y entidades que me valoren en todas partes. Yo no lo sabía, pero Castilla y León es un lugar anclado en el pasado, aún caciquista, en el que es muy difícil proponer nada en temas culturales a menos que seas afín ideológicamente al partido de turno. Y, como yo, por ahí no paso, esa es la razón por la que viajo mucho dentro y fuera de España y, al volver, sigo disfrutando de este lugar tan fascinante todo el año, cuya belleza otoñal se puede apreciar en estas fotos.

La vieja estación de Béjar espera tiempos mejores rodeados de árboles cargados de belleza en otoñoLa estación de tren de Béjar, en otoño

 Al final, estoy cumpliendo con una serie de sueños que siempre he tenido desde más joven: elegir el lugar en que viva, tener una casa que me sirva de punto de partida, elegir a mis amistades, decidir bien qué me gusta hacer y tratar de vivir de ello y, en fin, disfrutar de la vida, dándome a los demás, como los demás se entregan en mí de manera natural, sin cursilerías, pero también dejando hacer a los afectos, para que no nos pase como a tantas personas a lo largo de la Historia que se querían, se apreciaban o eran importantes para otra persona y, tras fallecer ese alguien, llegaba el lamento: “¿por qué no se lo dije?”

Yo trato de prevenir esa rabia interior diciendo siempre lo que siento, sabiendo agradecer cada gesto, cada esfuerzo y cada favor ajeno. Es otra manera de agradecer a la vida la suerte que tenemos. Yo, que no creo en dioses ni en religiones, pero soy poeta, agradezco cada cosa que pasa a mi alrededor y cada ejercicio de belleza con que nos regala la Naturaleza, esa madre de nuestro planeta que tan bien nos trata y que nos quiere aunque no los merezcamos.

Chimenea con el otoño al fondoEsto también se ve desde enfrente de mi casa…

Por cierto, gracias por leerme 🙂

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