Las crisis en nuestras vidas

Escuchando la radio, hace un par de días, decía el primer cubano nacionalizado español por la conocida como Ley de los nietos de exiliados españoles tras la Guerra Civil, que a él no le asustaba llegar a España durante la crisis actual, ya que tenía 38 años y llevaba toda su vida sufriendo esa crisis continua que vive Cuba.

Esa filosofía me gusta y yo la aplico también debido a la situación personal  y la pelea que ha sido mi vida desde niño. Con 14 años decidí ir al instituto, algo normal, porque quería estudiar, pero para poder hacerlo, me tuve que poner a trabajar, cortando pinos en el monte, después de camarero en el bar familiar… y sólo fue el inicio de una tortuosa convivencia entre el trabajo y el estudio que se convirtió en un problema personal y a la vez en un compromiso conmigo mismo cuando me independicé a los 18 años y me fui a Vitoria a estudiar en la Universidad.

Han pasado los años y mucho ha cambiado, pero esa costumbre de saber luchar y poder superar momentos difíciles me ha ayudado mucho y lo sigue haciendo. La crisis de mi vida continua, los meses malos -uno o dos cada año-, son por desgracia acompañantes habituales.

La inmensa mayoría de las personas que conozco o que he conocido en España no saben lo que es tener problemas: lo mal que sienta no tener nada para desayunar, como si la vida te castigase quitándole esperanzas a cada nuevo día. No saben lo que es sufrir porque tienes un paquete de salchichas y tienes que elegir entre dárselas a los gatunos de mi barrio, esos seres que confían en ti y te quieren a su manera o comértelas tú -al final ellos ganan-.

Muchos no saben lo que es no poder pagar a tiempo una factura y que te lo reclamen y no puedas hacer gran cosa porque, quien tiene que pagarte lo que te deben a ti tiene poca prisa por darte lo tuyo. No saben lo que es hacer un largo viaje, con el coche medio averiado y que la empresa de móviles te haya cortado el servicio por impago y te invada el temor a quedarte tirado en la carretera sin poder llamar a la grúa. O hacer un largo viaje con tan poco dinero que no sabes si podrás llegar de vuelta a tu casa porque no tienes apenas para echarle combustible.

Lo que más echo en falta de las personas que todo lo tienen siempre es que no tienen empatía para comprender que, cuando no pagas algo que debes puede ser porque eres un sinvergüenza, pero también puede ser que no tengas con qué hacerlo. Por eso creo que soy más sensible por quienes sufren, porque sé lo que es y trabajo cada día por mejorar y poder aportar más a este mundo que nos trata mal nunca de manera aleatoria, sino ensañándose más con los de siempre.

Desde aquí envío todo mi ánimo a las personas desempleadas, a quienes sufren la soledad, el frío o el miedo. Superaremos estos días tristes, y los que vengan, ya lo veréis.

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