Las complejas relaciones humanas

Vivimos en una sociedad en la que estamos aplicando la creatividad a los campos más diversos. Hay uno que a mí siempre me ha preocupado, el de las relaciones humanas. Pero me encuentro con lo rematadamente convencionales que somos para todo.

Hay dos temas para los que he investigado y probado soluciones imaginativas en el primer trato con una persona a la que no conozco: una es la relación con instituciones, empresas, entidades, etc. con las que tomo contacto para proponer una idea o proyecto. Mi sistema suele ser preferentemente telefónico o presencial, porque, por desgracia, mucha gente aún no entiende la utilidad o valor de los correos electrónicos y muchos de los mensajes que envío por este medio a personas desconocidas, por desgracia, no tienen respuesta. El contacto telefónico o presencial me sirve para conocer a la persona. Si me trata como a un comercial importunador suelo perder el interés porque sé que no voy a sacar nada en claro de ese contacto. Continúo, por cortesía, pero no suelo hacerme muchas ilusiones. Pero si en la conversación telefónica o cara a cara surge la empatía, el interés mutuo y la cordialidad, suele ser más sencillo llegar a buen puerto.

El otro ámbito en que llevo años experimentando es el de las relaciones humanas más informales, especialmente cuando conozco a una chica que podría interesarme desde el punto de vista sentimental. Por supuesto, este tipo de situaciones sólo tienen lugar cuando no tengo pareja. No acabo de entender a las personas que no tiene escrúpulos y siguen buscando cuando tienen ya alguien en sus vidas.

La verdad es que trato de ser original y por eso creo que he tenido parejas que he conocido en lugares peculiares: en la calle, estudiando, en una biblioteca, en alguna de mis actividades o grupos literarios o de creación. Creo que sólo en una ocasión conocí a una chica saliendo de marcha que fue mi pareja. Mi interés no suele ser sólo físico, sino una especie de acercamiento que es a la vez sensual e intelectual, por eso en muchos casos, no ha habido nada más porque la conversación se ha quedado en comentarios superficiales aburridísimos. Los caminos que suelen abrirse en esos casos de atracción mutua aparente son cuatro: podemos ser pareja, podemos tener una relación física que no lleva a nada más, suele ser habitual que seamos amigos -en muchos casos, de gran calidad-, o todo se evapora de manera misteriosa por desinterés de una parte o de la otra o de los dos.

Lo que no deja de sorprenderme es una especie de síndrome que existe que se le podría llamar el “síndrome del espejismo”. Sucede cuando buscamos algo muy concreto y, cuando aparece alguien similar a esa idea previa que teníamos, simplemente dejamos que todo se evapore porque no nos lo llegamos a creer. Esta sensación la expresó magistralmente mi amigo y escritor Rafa Moriel en un cuento en que el que su protagonista conocía a una chica muy especial, comenzaba la relación y, de pronto, un día él se asustaba.

Yo no dejo de conocer chicas muy interesantes que se dejan abrumar por ese espejismo. Están cansadas de lo cotidiano, se aburren por la vida que no les motiva en absoluto, pero, cuando llega alguien con vidilla, con otros planteamientos, lo rechazan porque no saben cómo reaccionar. No entiendo por qué somos tan complejos, tan convencionales.

Sin embargo, no tiro nunca la toalla: sigo pensando que la creatividad, la sorpresa y la magia son los motores del mundo y estoy seguro que la próxima pareja la conoceré de una manera especial, normalmente sabrá dejarse sorprender o me sorprenderá a mí un día cualquiera…

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