La vida de Milton

Hoy Juan Navidad se levantó pronto, miró en la cajita y sonrió satisfecho. Yo estaba levantado, mirando hacia arriba, incluso agitaba las patas delanteras. Parecía que iba mejorando, pero donde el veterinario he vuelto a tener esas terribles convulsiones. En diez minutos he tenido tres. Entoces, han tomado la decisión. Me han puesto la inyección para dormirme. Me ha costado porque, mientras hacía efecto, he vuelto a tener esos ataques, hasta cuatro. Luego, ha venido la inyección final.

Ahora estoy en otra dimensión y tengo acceso a información privilegiada y comprendo cosas que antes no sabía. Desde aquí puedo ver mucha niebla alrededor de Villa Paquita -supongo que porque es un día triste- y escucho el Réquiem de Mozart. Mis compañeros/as gatunos han comido, como si fuera un día más, pero veo a mi madre, la Hamiltona, alicaída, como si presintiera algo. Este es el final de la historia, pero, me gustaría contaros el resto desde el principio.

Y el comienzo es antes inclcuso de nacer yo. En junio de 2007 llegó a la casa Juan Navidad. Le cambió el nombre de Villa Mendoza por el de VIlla Paquita, en honor a su madre, Paquita Ruiz, que se puso muy contenta al saber la noticia y conocer la casa. Ese verano vino dos veces desde su casa de Navarra y la llenó de flores preciosas.

Los gatos forman parte del barrio, que se llama Barrioneila. Es una zona antigua del pueblo, con calles estrechas donde hace años hubo una entrada a través de la muralla, la Puerta de San Andrés. Los gatos entraban al patio de la casa para resguardarse de los perros y a beber agua a la vieja piscina, por donde mana un hilo de agua sobrante del pozo que hay en la bodega de la casa. El nuevo dueño eschaba de comer a los gatos como el resto de los vecinos, poniendo en un viejo plato un puñado grande de pienso, pero ese sistema no es bueno, porque sólo comen los gatos más peleones y el resto, se queda con su hambre. El nuevo sistema fue mejor: primero nos daba salchichas en rodajillas, tirándolas lejos para que comiésemos todos (un paquete para todo el grupo), y después ponía en el suelo más de una montañita de pienso (un puñado) para cada gato, separadas medio metro entre sí. Así comemos todos y nos quedamos satisfechos.

Hamiltona, la madre de Milton

Cuando mi madre llegó a la casa, fue bautizada como Hamilton. También están Chumaker, Alonso, Barriquelo, Kimi, etc. Pero mi madre se quedó preñada y al descubrir que era hembra le cambiaron el nombre por el de Hamiltona. Mi hermano el grande era Hami y yo recibí el nombre de Milton. A Hami se lo llevaron a una casa de pueblo de Puerto de Béjar. Yo he vivido casi siete meses, comiendo salchichas y pienso, recorriendo el barrio buscando más comida, pajarillos y aventuras.

Donde ahora estoy hay un viento y un aire fresco muy espectacular, como el de mi barrio. Los pajarillos me cantan porque, como nunca llegué a comerme ninguno, se llevaban bien conmigo. Esta es mi historia para que todo el mundo sepa cómo fue. Ahora echo de menos a mis amigos felinos y sé que ellos también, pero la vida sigue, terminará la canción de Mozart y mi vida pasará a la historia resumida dentro de un blog que contiene muchas otras historias, donde los “gatunos”, tenemos la suerte de contar con un rinconcito 🙂

¡Hasta siempre, amigos!

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Un comentario

  1. […] de la vida y he encontrado una metáfora que puede venirnos bien. No hace tanto que os contaba la vida y la muerte de Milton, el gato negrito jovencito que traté de salvar llevándolo a la clínica veterinaria donde no fue […]

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